Un caso de mala prensa (Arturo Pérez Reverte)

Pues nada. Que estaba hace cuatro días sentado en un banco al sol, y en ésas se acerca un enano al que los reyes magos debían de haberle traído un equipo de Terminator, o de Men in Black, o de lo que sea, un artilugio a base de mochila sideral y ametralladora ultrasónica. Y sospechando sin duda que yo era un alienígena infiltrado, el pequeño cabrón va y me apunta y me larga a bocajarro una ráfaga de luces de colores y sirena, pi-po, pi-po, y luego se da a la fuga, el canalla, mientras yo intento desesperadamente recuperarme de la taquicardia. Y me digo hay que ver, colega, algunos prometen ya de criaturas. Ése, por lo menos, tiene clara su vocación. Seguro que de mayor le gustaría ser artillero serbio.
Luego me puse a meditar lo injusta que la Historia ha sido con Herodes. Naturalmente, los niños españoles de ahora, gracias a la esforzada gestión cultural de los ministros del ramo, saber perfectamente quién es el príncipe de Bel Air, pero ignoran por completo quién fue el rey de Judea, e incluso desconocen qué diablos era Judea. Además, aquellos cuatro best seller que escribieron san Mateo y sus colegas cuando el publicano decidió cambiar las finanzas por la literatura, se han caído estrepitosamente de las listas de ventas, entre otras cosas porque con agentes literarios como monseñor Setién o Farol Wojtila –cada uno en su estilo–, cualquier escritor va de cráneo. Aunque lo asistan Wordperfect 6.0 y el Espíritu Santo.
Pero volviendo a lo de la injusticia con Herodes, nunca se ha considerado, quería yo decirles, el aspecto positivo del asunto. Porque hay niños que son la leche. Además, tanto hablar de la matanza de los inocentes y que si Herodes por aquí y por allá, pero vete tú a calcular cuántos de esos inocentes iban a seguir siéndolo durante mucho tiempo. Porque Hitler, y Radovan Karadzic y Pinochet, por citar sólo a tres hijos de la gran puta, digo yo que también habrán sido inocentes algunos meses, las criaturas, hasta que un día decidieron poner manos a la obra para aliviar el censo. Y es que nunca se sabe.
Además, hay otro punto discutible en el asunto de ese fulano, Herodes. Recuerdo que en una película italiana que vi hace años, cuyo título lamento no recordar, el hombre se quejaba de que tampoco había matado a tantos niños como se decía, y de que se había exagerado mucho lo ocurrido en Belén. Y, después de darle vueltas al asunto, no puedo menos que darle la razón. Mateo (2, 16) dice que el tipo "mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos de dos años para abajo". Y es ahí donde surge la leyenda negra de Herodes, y donde el observador imparcial no puede menos que darle la razón al pobre hombre. Porque digo yo: ¿cuántos habitantes podía tener "el pequeño lugar de Belén" que citan los Evangelios? Echemos el cálculo. En tiempos de Herodes, un pequeño lugar era eso, un pueblecito, unas cuantas chozas de pastores y campesinos. Según el Espasa, en 1910 Belén tenía sólo 10.000 habitantes, de modo que, si hacemos un cálculo razonable de crecimiento de población, considerando la diáspora y lo demás pero ajustándonos a la densidad demográfica de la época, en el siglo I nos sale un Belén y alrededores habitados por no más de un millar de personas. Y eso, tirando muy a lo bestia. La cifra corresponde a un centenar corto de familias de entonces, más o menos, incluyendo abuelos y nietos con una media de diez personas por familia. Si el calculamos otra media de seis hijos a cada familia y descartamos la mitad como mujeres, nos salen dos o tres hijos varones menores de dieciocho años por cada unidad familiar. Y ahora bien: de doscientos niñatos que, tirando muy por arriba, podía haber allí, ¿cuántos eran menores de dos años? Como mucho, considerando la mortalidad infantil y las expectativas de vida de un zagal de la época, un quince o un veinte por ciento. Eso suma treinta o cuarenta, criatura más o criatura menos. Digamos que treinta y cinco. O sea: lo que se cargan Milosevic o Bill Clinton mientras desayunan, en una hora tonta de bombardeo cualquier día entre semana. Y resulta que, por sólo treinta y cinco niños de nada, Herodes I lleva veinte siglos arrastrando una mala prensa y una fama de genocida del carajo. Y encima muchos lo confunden con su hijo y le atribuyen la cabeza del Bautista, lo de Jesucristo y el –comprensible– lío de faldas aquel con la mala zorra de Salomé, que era como Salma Hayek pero en plan perverso. Y es que, como diría el pobre hombre, hay que ver. Unos cardan la lana, y otros llevan la fama.

Extraído del libro Con ánimo de ofender. Recopilación de artículos entre 1998 y 2001. Alfaguara 2001

Alfredo

5 comentarios:

Mari Carmen dijo...

Me encanta este hombre escribiendo artículos. Tengo estos libros y me los leí de un tirón. Lo dicho, es estupendo. Con sus novelas... en fin, me gustan y tengo algunas, pero pienso que siempre le sobran páginas.

Luli dijo...

Después de Patente de corso, este Con ánimo de ofender continúa recopilando la polémica, original y personalísima página de opinión de Arturo Pérez-Reverte.

Besos

Alfredo dijo...

MARI CARMEN: No eres la primera persona que me comenta que a las novelas de Reverte le sobran páginas o que los finales son precipitados. En eso podría estar de acuerdo en La Carta Esférica, en la que sí me parece que sobran descripciones. Sin embargo, Cabo Trafalgar me parece una novela estirada a más no poder.

Por otro lado, me declaro acérrimo del antiguo reportero de guerra, y tengo todos sus libros.

Un abrazo!

Alfredo dijo...

LULI: También tiene No me cogeréis vivo, en el que sigue la recopilación de sus artículos semanales, absolutamente fantásticos y llenos de un humor corrosivo que lo hace imprescindible.

Un beso!

Emilia Gonzalez dijo...

Estoy con Alfredo en que Perez Reverte siempre joroba los finales. Sus novelas tienen unos comienzos magistrales. Pero los finales... los cag...

Sin embargo como reportero no tenía precio, ni sus artículos tampoco. Doce al pan, pan y al vino, vino, y el que se pique es porque come ajos. Sus tres libros de artículos son entretenidísimos. Os los recomiendo a quienes no los hayan leído.